Mujeres caminan 4 kilómetros por agua en La Libertad

Durante la época seca, las mujeres del caserío Las Mesas, en La Libertad, tienen serios problemas para conseguir agua para sus hogares. Sus peticiones de ayuda a ANDA nunca han sido atendidas.

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Las lideresas del caserío Las Mesas, Zaragoza, saben que el agua es un derecho universal y piensan que mientras el Estado no incluya el acceso al agua como derecho humano en la Constitución o en una ley, el problema no será resuelto. Foto EDH/ Jessica Orellana

Por Jessica Orellana

2021-11-06 9:40:03

Mientras los diputados discuten la Ley de Recursos Hídricos y retardan una solución, un grupo de mujeres baja hacia un río por una vereda empinada y por trechos tan angostos que apenas caben con sus cántaros vacíos y guacales con ropa para lavar. La primera de la fila es Juana Hernández, de 64 años.

Para las mujeres de la comunidad Las Mesas, del cantón El Cimarrón, de La Libertad, la lucha por el agua es un desafío diario por la vida: llevan años haciendo el sacrificio para sobrellevar la escasez de agua para beber y cubrir otras necesidades del hogar que tradicionalmente recaen sobre las mujeres.

En esta zona costera de El Salvador, esta escasez afecta a miles de personas. “Nosotras siempre sufrimos la problemática del agua, ya sea en verano o en invierno”, asegura Juana.

Ella no está sola. Para bajar, varias mujeres se organizan para cuidarse mutuamente de un asalto o violación y caminar cerca de dos kilómetros hasta llegar al arroyo más cercano para poder llenar los recipientes plásticos y luego llevarlos cuesta arriba para sus casas. Aunque el cauce en la quebrada está contaminado, aprovechan el viaje para bañarse, lavar ropa y trastos e incluso llevar a casa agua para cocinar sus alimentos.

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En El Salvador, con al menos 6 millones de habitantes (según la Dirección General de Estadísticas y Censos), un 35 % de la población no tiene acceso al agua potable; el problema es más profundo en las zonas rurales y, en la mayoría de los casos, quienes llevan la responsabilidad de acarrearla hacia los hogares son las mujeres.

Para bajar tienen que organizarse en grupos para cuidarse mutuamente de un asalto o violación y caminar cerca de dos kilómetros hasta llegar al arroyo más cercano para poder llenar los recipientes plásticos y luego llevarlos cuesta arriba para sus casas. Foto EDH/ Jessica Orellana

Juana, por ejemplo, reparte su tiempo entre los quehaceres del hogar y el acarreo del agua. Ella vive con su hija menor y su madre de 89 años. Buena parte del día lo ocupa en caminar largas distancias para conseguir agua y luego usarla con suma austeridad. “Acá las mujeres somos las que velamos por el agua”, afirma.

Al grupo se une Mirna Pérez, quien acompaña a su hija que le ayuda con la carga de ropa y con su bebé en brazos, pues no tiene quién cuide a sus pequeños durante la caminata hacia el riachuelo.

La situación de las mujeres en Las Mesas empeoró con la pandemia, ya que la demanda de agua creció por el lavado de manos más frecuente y para mantener en el hogar todo aún más limpio para evitar contagios, según las indicaciones del Gobierno. Varias han tenido que comprar agua con sus pocos recursos económicos.

A las complicadas circunstancias se suman otros factores que deterioran su nivel de vida. La época seca y el clima más caluroso hace más difícil que obtengan cosechas en sus cultivos y huertos, lo que amenaza su seguridad alimentaria. También en la zona un hay clima de inseguridad por la presencia de pandilleros.

La situación de las mujeres en Las Mesas empeoró con la pandemia, ya que la demanda de agua creció por el lavado de manos más frecuente y para mantener en el hogar todo aún más limpio que de costumbre para evitar contagios. Foto EDH/ Jessica Orellana

Para no quedarse de brazos cruzados frente a sus adversidades, las mujeres de la comunidad han encontrado una solución: organizarse. Ellas son parte del Comité de Mujeres Fe y Esperanza, fundado en 1997 por personas que venían huyendo de zonas donde su situación de pobreza era aún peor, sobre todo lugares donde la guerra civil dejó estragos en los años 80. Con la organización comunitaria sus familias han logrado sobrevivir pese a la precariedad.

Una vida de escasez

“Son muy pocas familias, por eso no podemos hacer un pozo”, fue la respuesta que dicen haber recibido de la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA) en incontables veces las 30 familias. Esto es un reflejo de que la autónoma es incapaz de llevar agua a todos los salvadoreños y se desliga de esa responsabilidad.

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Las lideresas de la comunidad saben que el agua es un derecho universal y piensan que mientras el Estado no incluya el acceso al agua como derecho humano en la Constitución o en una ley justa, el problema no será resuelto.

“Nosotras ya estamos cansadas. Queremos una ley que nos beneficie, mire acá somos las mujeres las que tenemos que resolver el problema del agua”, menciona Mirna.

Los reservorios de agua en la comunidad cada vez son más escasos. Hay un par de pozas que están llenas únicamente cuando llueve y se secan en verano. Hay un tanque que fue puesto hace un par de años para recolectar agua lluvia, pero se deterioró rápidamente y está inservible. Su reparación costaría una cantidad de dinero que la comunidad no puede pagar. La gente vive de la agricultura de subsistencia.

El proyecto más prometedor que han conseguido es uno de la Asociación Comunitaria Unida por el Agua y la Agricultura (Acua) en conjunto con la Federación de Cooperativas de la Reforma Agraria Región Central (Fecoracen) para perforar un pozo con el que esperan alimentar las cantareras.

Para el experto en llevar agua a comunidades Adalberto Blanco, de Fecoracen, las mujeres dedican demasiado tiempo para solventar el problema del recurso hídrico en sus comunidades y eso es una vulneración sus derechos ciudadanos.

“En teoría, como organización civil, no deberíamos cubrir las necesidades que el Estado no cumple. Son ellos los que deberían garantizar que los ciudadanos tengan agua en sus casas, sin embargo, no podemos dejar de lado una necesidad que existe”, asegura Blanco.

Juana, al igual que las demás mujeres de la comunidad, están al tanto de la discusión sobre la Ley del Agua que está en curso en la Asamblea Legislativa. Han seguido el proceso durante años y no tienen mucha esperanza de que los diputados vayan a crear algo que cambie la realidad que viven.

“Lo que se discute en la Asamblea no nos beneficia a nosotros los pobres, ellos han hecho lo que les conviene a ellos, nosotros tenemos que seguir caminando para abastecernos de agua”, dice Margarita Martínez, al resumir su realidad más allá de lo escrito en el papel.