No sé cuántos alguna vez asistieron a la tradicional “Bajada”. Tampoco sé cuántos sabían que en nuestras Fiestas Agostinas celebramos la Transfiguración del Señor. La historia se narra en el Evangelio según San Lucas, capítulo 9, versículos del 28-36. Para relatarla: Jesús sube al Monte Tabor con tres de sus apóstoles (Pedro, Santiago y Juan) y, una vez allí, Su rostro se transfigura y Su figura se vuelve blanca. Aparecen Moisés y Elías, quienes hablaban de la Crucifixión. Lo interesante de todo es que mientras todo esto ocurría, los discípulos estaban -para variar- dormidos.
Los dormilones se despiertan en medio de toda esta escena, ven todo este espectáculo y, por supuesto,deben de haberse sentido apantallados. Tanto así que Pedro, sin realmente saber lo que decía, exclama: “Maestro, ¡qué bien se está aquí!. Y le sugiere construir tres chozas: una para Jesús, una para Moisés y una para Elías y quedarse allí por siempre jamás. Al decir esto Pedro, baja una nube que les da un susto fenomenal y se oye una voz que dice: “Este es mi Hijo elegido. Escúchenlo”.
ESO celebramos estos días.
Unos cuántos capítulos después vemos a los mismos tres discípulos, dormidos OTRA VEZ, en otro contexto: Jesús ha sido traicionado, lo vienen a buscar y el que quería las tres chozas lo niega. Y no sólo lo niega sino que se desaparece de la escena. No se aparece en todo el camino al Calvario.
Mi Director Espiritual siempre me dice que la vida cristiana esta hecha de Tabores y de Calvarios. La idea que la vida cristiana es siempre una victoria es tan errada como la que vinimos a este mundo solamente a sufrir. Y no sólo la vida cristiana, sino la vida en general. En estos tiempos de pandemia he tenido Tabores: la admisión al kinder de mi ahijada, el apoyo incondicional de mi cluster, la mayoría de edad de mi sobrino, atardeceres hermosos, el alivio de tener a mi familia vacunada. De igual forma, he tenido que pasar por los calvarios: muerte de gente que apreciaba, un cuadro de ataques de ansiedad post cuarentena que no logro superar, dolor por mi país, despedidas de gente que amo y el hecho que aún no encuentro empleo. La vida, detrás de mi mascarilla, es una donde a veces sonrío y muchas más veces lloro. Y esa, también, fue la vida que Jesús escogió vivir.
Sin embargo, la pregunta es si esta pandemia nos ha enseñado a escuchar a Jesús (o a su conciencia, o a Dios, según su creencia). Se votó por poner en la Asamblea una frase “Con la fe puesta en Dios”. ¿Pero, qué significa eso, más allá de palabras bonitas? ¿Será que la fe puesta en Dios es no ponernos la vacuna? ¿Será que la fe puesta en Dios es hacer lo que pensamos es correcto sin consultar si es moral, legal o ético? ¿O será que la fe puesta en Dios es buscar hacer su voluntad? Verán, la propuesta de Pedro de las tres chozas era válida, si uno quiere tener una fe individualista y egoísta. La propuesta de escuchar a Jesús es válida solamente cuando, cómo el, deponemos nuestro orgullo, nuestra idea que sólo nosotros sabemos que hacer. La propuesta de caminar el Calvario es cuando cedemos nuestro derecho al beneficio propio, para buscar el beneficio de todos.
Lo más interesante fue esto: después del Calvario, vino la Resurrección, el centro mismo de la fe cristiana. El Jesús, vivo y resucitado dejó chiquito al transfigurado.
Nuestra Patria y el mundo llevan casi dos años de Calvario: muertes, temor, desempleo, enfermedad. Dios es, y será, siempre soberano. A veces actúa de manera extraordinaria, otras nos da la solución por medio de la ciencia. Podemos quedarnos como Pedro diciendo cosas que realmente no entendemos: que si nos ponemos la vacuna, no tenemos fe; que si nos la ponemos, nos hacemos parte del reino del anticristo; que si nos la ponemos, cedemos control de nuestra alma. Y quizás tengamos la capacidad para quedarnos en la superioridad de nuestro Tabor moral. O, por el contrario, podemos elegir la humildad del Cristo transfigurado y tratar de aligerar el calvario de nuestros hermanos, vacunándonos y logrando la inmunidad de rebaño, admitiendo que quizás, las tres chozas no son la opción más caritativa.
Es buen momento meditar si la mayor expresión de fe no es ser el guarda de mi hermano. De dejar a un lado los miedos y confiar en ese Señor resucitado. Sobre todo, de recordar que decir que tenemos la fe puesta en Dios es un compromiso de, parafraseando un viejo proverbio judío, salvar una vida a la vez.
Educadora, especialista en Mercadeo con Estudios de Políticas Públicas.
