Nostalgia íntima

descripción de la imagen
Eden Hazard en su último partido de Liga ante el Alavés en noviembre. Foto AFP

Por Jorge A. Castrillo Hidalgo

2021-04-23 7:09:41

No hay día que no piense en ti, mi pequeña. Aprovecharé que estás físicamente lejos para recordar algunas anécdotas. Sé que no te gustaría que las publicara estando tú cerca.

Tendrías apenas un año y medio. Yo acabo de llegar a casa del trabajo y, como siempre, paso primero por tu cuarto. Hoy encuentro allí a tu mamá que está terminando de cambiarte y alistarte para dormir; serán las siete y media de la noche. Saludo de beso a ambas y me quedo un rato admirando la destreza de tu mami para secarte, vestirte, arreglarte, ponerte más linda y hacerte reír. Me encanta oír lo dulcemente que ella te habla siempre, cómo te llena de cariños y besitos. Vos, feliz como lombriz, te sonríes, te ríes y la dejas hacer.

Es verte -siempre linda, cada día más- y olerte -delicioso, como solo los bebés huelen- para sentir de inmediato una ternura que me crece por todo el cuerpo: me cuesta no chiniarte en este mismo momento, pero prefiero que tu mami termine de prepararte. Porque sé que entonces será mi turno de quedarme un buen rato a solas contigo para dormirte. Las dejo a ambas en su rutina y paso al cuarto de tus hermanas que están estudiando. Las saludo y veo si me dejan ayudarlas a terminar sus tareas escolares.

- “Vaya, ya está lista para dormir la niña”, avisa tu mamá.

Mientras yo me voy a lavar bien mis manos y a dejar lo que pueda andar en el bolsillo de la camisa, tus hermanas aprovechan para jugar contigo un ratito más y abrazarte. Estamos tú y yo en el dormitorio de papá y mamá, donde hemos ido a dar en busca del ventilador para combatir un poco el calor que está haciendo, mientras tu mamá y hermanas empiezan a cenar. Yo ya me he colocado la mantilla en el hombro y te tengo contra mi pecho, aspirando tu perfume de bebe. Mi brazo izquierdo te carga y mi mano derecha acaricia tu cabecita, apoyada en mi hombro izquierdo. A ratos te cambio de posición y te acuno en mi  brazo, tú viendo hacia el cielo. Las dos posiciones me gustan: la primera porque me deja apretarte más contra mi pecho; la otra porque me permite ver tu carita tan bien hecha. Siento que me falta poco para reventar de ternura y cariños contenidos. Tarareo y canto con dulzura canciones de cuna. Sobre la música de las pocas que conozco, invento letras que te dedico; según yo, entonando mejor que el mismísimo Pavarotti. Cansada del día, ya estás cerrando tus ojitos cuando, de pronto, los abres, me miras fijamente a través de tus grandes pestañas negras y me suplicas, con gran dulzura y sinceridad:

- “Papito, ya no me sigás cantando”

¿Lo habrás dicho porque te impide conciliar el sueño o porque me encuentras demasiado desafinado? Nunca lo sabré, poco importa; el mensaje ha sido recibido. El orgullo me impide dejar de cantar en el acto, pero mi voz es apenas audible como efecto inmediato de tan lapidaria frase. Agradezco que estemos solos. El sueño te gana, te deposito en tu cuna mientras te beso tiernamente.

“¿Se durmió la niña?” me preguntan al sumarme a la cena. “Como el angelito que es”, respondo. El incidente no lo sabrá nadie, será uno de mis secretos mejor guardados. Aunque nunca olvidé ese momento, tampoco dejé de cantarte siempre que pude.

Psicólogo