En los antiguos programas de Idioma Nacional se enfatizaba la importancia del buen uso del lenguaje. Además, nuestros padres insistían en la importancia de hablar bien, pues el vocabulario califica a la persona: sus orígenes, entorno familiar, estudios, amigos y el lugar que le correspondía ocupar en la sociedad. Lo contrario, la mala pronunciación, las faltas de ortografía, el lenguaje soez, era el sello que marcaba de manera negativa, a quien se permitía usarlo.
El párrafo anterior resultará desconocido para muchos jóvenes de esta generación, que independientemente de la cuna en que nacieron, sus estudios y el medio social en que se desenvuelven, manejan un vocabulario que nuestras abuelas habrían calificado como “de carretero”, ya que aparentemente en esos tiempos, los que se dedicaban a ese oficio eran campeones en el uso de un lenguaje tan florido que su profesión se convirtió en adjetivo calificativo para los mal hablados. Sin embargo, lo que hoy escuchamos y leemos en redes sociales de jóvenes supuestamente educados, fácilmente le quitaría el título a los carreteros. Y tristemente, en esta categoría también se lucen las damas, que en otros tiempos se decía, no deberían tocarse ni con el pétalo de una rosa. Triste descenso de quienes antes merecían respeto y admiración, hoy disfrutan en su absurdo intento de igualarse al hombre.
Pero quienes ocupan posiciones de autoridad están obligados a que su lenguaje y vocabulario respondan a la dignidad del cargo que ocupan, y el de las personas a quienes se dirigen. ¡Qué bochornoso resulta descubrir, que los autores de palabras groseras, expresiones vulgares y toda clase de insultos, son personas que desempeñan cargos públicos, y que para dirigirse a sus oponentes, hacen gala del más soez de los vocabularios. Ministros, diputados y funcionarios que hacen el oficio de troles, olvidan o desconocen la dignidad que viene con el cargo, y no vacilan en hacer gala de lo más bajo de su condición.
Ha sido una vergüenza para los salvadoreños que amamos a nuestra Patria, el nivel a que ha llegado el presidente Bukele, en un afán absurdo de demostrar que él es quien manda, y como amo y señor, tiene el derecho de tratar a los demás con los peores calificativos. Olvidó su condición de caballero y presidente del país, al decir a la congresista Norma Torres que comprara anteojos, acusándola de trabajar para sus patrocinadores. Ignora las consecuencias que sus palabras podrían acarrear al país y que un presidente debe ser ante todo, respetuoso de todos los seres humanos, por su dignidad de personas. Con este ejemplo, no es extraño que la misoginia y los feminicidios vayan en aumento.
Siguiendo su costumbre de anunciar el veto a leyes que ni siquiera ha leído, manifestó su desprecio a las propuestas de reforma a la CICIES, declarando de manera prepotente, que “nada de lo que apruebe la Asamblea saliente entrará en vigencia jamás”, sin importarle la visita del delegado del gobierno de EE.UU., Ricardo Zúñiga, especialmente interesado en combatir la corrupción. Y añadió que “con solo ver los logos de las ONGs que están detrás de estas propuestas y los medios que la están publicando, estoy seguro que sería lo peor que pudiéramos hacer”,demostrando su poco interés en escuchar a instituciones que saben más que él, por su prestigio y experiencia. ¿Qué se puede esperar de los miembros de NI, futuros diputados, alcaldes y funcionarios durante los próximos años? Una siembra de odio y resentimientos que son caldo de cultivo para una dictadura destrozando nuestra débil democracia.
Maestra.
