Heredé, por parte de la familia de mi abuela paterna, una imagen muy, muy antigua de un Niño Dios a quien puse el nombre de “Niño de la Pasión”, ya que en el tiempo se había borrado el memorial con que era conocido.
Es la imagen de un niño de aproximadamente 8 años, sentadito, vistiendo el tradicional traje de nazareno que usa Jesús, cargando la cruz, el Viernes Santo. Tiene su carita, conmovedoramente triste, apoyada en su mano derecha, su frente coronada de espinas y un bello resplandor circunda toda su cabeza, mientras observa a su alrededor todos los instrumentos de la pasión que, posteriormente y para nuestra redención, deberá vivir: la cruz, que llevó a cuestas y en la que fue clavado; los clavos, el hisopo con el que le ofrecieron vinagre y hiel cuando Él exclamó “Tengo sed”; la lanza, que atravesó su costado. Ve las manos que se lavó Pilatos, el látigo de la flagelación, la corona de espinas que, entre risas, le pondrán los crueles soldados que le apresaron. Y el rótulo: Este es el Rey de los Judíos. Visualiza también el cáliz y el copón utilizados en la última cena. Y, en su mano izquierda, suavemente, sostiene un pequeño cayado recordándole que Él es el Buen Pastor, el que da la vida por sus ovejas.
Conocí la imagen del Niño de la Pasión desde que era muy pequeña y visitaba a mis tías María y Luz, sus dueñas por esas fechas. Ellas colocaban la imagen, dentro de su urna de cristal (así se conserva) en el zaguán de su casa, en Santa Ana, y era usual que los transeúntes se detuvieran un momento a saludar al Niño con gran devoción. Por el contrario, yo sentí gran temor por esa imagen: un niño sufriendo tanto, me horrorizaba, y prefería entrar por la tienda, propiedad de ellas, que se comunicaba con el corredor, donde generalmente se encontraban.
Esto sucedía hace más de 75 años. Quién me diría que, cuando mis tías vieron de cerca su final, decidieron rifar la imagen del Niño de la Pasión entre sus sobrinas (ellas no tenían descendencia directa); y, ya saben quién se lo sacó.
Aquel temor inicial hacia esa imagen (que me acompañó hasta que le recibí en mi casa) se convirtió en una profunda devoción. Especialmente en la Semana Santa, cuando meditamos cuánto sufrió Jesús por nosotros; cuando acompañamos a la Santísima Virgen en su inmenso dolor de madre; cuando unimos nuestras caídas, nuestros malos momentos, nuestras dudas y flaquezas de fe a los momentos similares vividos por sus discípulos; y cuando finalmente comprendemos que hemos sido redimidos y debemos hacernos dignos de esa redención. Y, aunque esta Semana Santa ha carecido de la solemnidad de los actos litúrgicos usuales, tengo el privilegio de vivirla intensamente dentro de mi casa, gracias a Dios, a mis tías María y Luz y a la querida imagen del Niño de la Pasión.
Y, como si fuera poco, el artículo que el Domingo de Ramos publicó el Padre Fernando Giola, EP, en LPG, ha valido para ser meditado y saboreado a diario en estos días santos. Comparto el link, por si ustedes, amables lectores, desean accederlo: https://www.laprensagrafica.com/opinion/Vosotros-que-pasais-por-el-camino-mirad-y-ved-si-hay-dolor-semejante-a-mi-dolor-20210327-0054.html
Que Nuestro Señor, que nos ha redimido, nos permita una profunda conversión personal, familiar, nacional y mundial.
Empresaria.
