Esas mañanas de diciembre

Igual que cambió la fisionomía del parque de mi colonia, ahora las mañanas de diciembre también han cambiado; están llenas de estrés, preocupaciones, obligaciones y cuentas por pagar.

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Foto EDH / Píxabay

Por Max Mojica

2020-12-20 10:16:51

Invariablemente, fuera fin de semana o vacaciones, el chancleteo de mi mamá a las seis de la mañana me despertaba. Una mujer activa y trabajadora, como pocas que he conocido, se levantaba temprano a regar el patio, preparar el desayuno y luego leer el Diario de Hoy con un café.
Oír que mi mamá estaba despierta haciendo oficio, hacía que me avergonzara seguir en cama. Así que, aunque fueran vacaciones de diciembre, me levantaba temprano también.
Como en aquella época la consola de juegos Atari solo la poseían unos cuantos privilegiados, al resto de los mortales solo nos quedaba ir a jugar al parque. No lo sabíamos, pero éramos unos verdaderos privilegiados. Ahora veo a mis hijos encerrados en su jaula de oro: viviendo en pasajes con seguridad privada, teniendo que salir acompañados…nunca experimentaron la libertad que nosotros, los jóvenes de la guerra, tuvimos.
Tempranito sacaba la bici y me iba a buscar a mis cheros: los bichos de la Buenos Aires. Ese micro universo que empezaba en las Tres Torres y terminaba en la calle Gabriela Mistral en un extremo y con el Boulevard de los Héroes al otro. Ese era nuestro campo de juegos. Ahí jugábamos escondelero, ladrón librado, mica, futbolito macho o kickball.
Al salir de mi casa en diciembre con los manubrios de la bici entre mis manos, recibía una bocanada de aire fresco que sabía a libertad. Lo primero que hacía era irle a silbar a mi amigo de enfrente, Erick Varela, cuya casa colindaba con el parque. Salía también con su bici y nos íbamos a llamar al resto de cheros para empezar el día pedaleando o con un mascón de fútbol.
Se nos juntaba Juan Martínez (Mou, por que tenía un leve parecido con uno de los Tres Chiflados); Arturo Nosthas (el huevo); el Chungo y Toño Artiga (cuyo hermano, Belisario, eventualmente fue Fiscal General); Alfonso Jiménez (el pollo); Ramón Chía y el siempre inquieto Mario Toruño. Ya juntos, jugábamos de todo y nos poníamos a bajar mangos a pedradas.
Cipotes sanos. Las picardías que hacíamos era ir a vigiar a las bichas guapas de la colonia. Le tirábamos terrones al portón de Judith Quinteros de quien muchos, secretamente, estaban enamorados. Ya cayendo la tarde le daban permiso para salir a las cipotas, que iban -como quien no quiera la cosa- a la tienda de la Niña Melva y de paso se quedaban platicando con nosotros.
Entre esas bichas guapas estaba Jacqueline Quezada; las hermanas Jiménez, Silvia y Bea; Lucy Villatoro; Carolina (la Rizos de Oro) Martínez; Rosa Marina Domínguez, Maricarmen (Toto) Nosthas y Claudia Escobar y las chiquitas del grupo que era María (Titi) Cerén y Karla Palacios, quien, quizás por querer sentirse mayor, siempre le cayó mal que le dijéramos Karlita.
En el parque de la Buenos Aires, llenamos los primeros chismógrafos, que fueron por así decirlo, la primera red social de la época. En esas vacaciones de diciembre surgieron los primeros amores y fuimos a las primeras fiestas con soda y churritos. Época del primer beso furtivo en la sala del cine Viéytez cuya entrada valía un colón con veinticinco centavos.
Ahora, mi profesión me hace regresar, de cuando en cuando, a las Tres Torres y no puedo evitar entristecerme del estado de las cosas. La colonia es solo una sombra de lo que fue. La Alcaldía destruyó el parque para construir no se qué oficina municipal y el resto de las áreas del parque en que yo fui tan feliz en mi infancia y adolescencia, han quedado reducidas a un parqueadero de camiones municipales de basura y depósito de ripio.
Igual que cambió la fisionomía del parque de mi colonia, ahora las mañanas de diciembre también han cambiado; están llenas de estrés, preocupaciones, obligaciones y cuentas por pagar. Entonces a veces, me gusta ir a dar una vuelta a la Buenos Aires. Me gusta pensar que a pesar de todo, los momentos en que fuimos tan felices en nuestra infancia, todavía continúan irradiando una singular alegría en nuestros corazones y mucho de esos bichos activos, curiosos y alegres que jugaban en esas calles, habita en nosotros todavía.

Abogado, Master en leyes @MaxMojica