Días atrás tuve oportunidad de degustar un mango con alguashte, lo cual seguramente me provocó algún tipo de desorden intestinal que acabó causando una noche de sueño inquieto y afiebrado, que hizo que tuviera el sueño más alucinante: yo era el encargado de administrar ocho mil trescientos millones de dólares….
Todo empezó cuando captaba, como si solo se tratase de abrir un chorro de pisto, los primeros tres mil seiscientos veintiocho millones de dólares, los cuales provenían de los ingresos ordinarios del Estado, que vienen del IVA, del Impuesto sobre la Renta, de las ganancias de capital, de los impuestos sobre intereses, de las retenciones a los empleados y, en fin, de la miríada de impuestos de los cuales la mayoría de salvadoreños ni han oído hablar, como el impuesto “ad valorem sobre bebidas carbonatadas”, que las entusiastas madres salvadoreñas pagan cuando le sirven gaseosas a los invitados de las piñatas de sus lindos pequeñines.
En mi sueño yo disponía en qué gastar esos montones y montones de dólares, decidiendo si pagaba el FODES o los salarios de algunos funcionarios públicos, o mejor no pagaba esas carambadas y me lo gastaba en diez camionetonas todoterreno para irme a dar un vueltín al mar o si mejor los aprovechaba en pagar los honorarios y salarios a mis cheros, asesores y contratistas estratégicos, que como por arte de magia se multiplicaban a mi alrededor.
Si tener esa catizumbada de plata a mi disposición no fuese suficiente, en mi sueño se me aparecía el duende que habitaba al final del arcoíris y me ofrecía un tesoro llamada CETES y LETES, para que pudiera disponer mil cien millones más. Recuerdo la alegría que sentí ¡nunca había visto tanto dinero junto! “¿Qué hacer Dios mío, en qué gastarlos?”, pensé.
Una parte de mí (por que hasta en los sueños uno tiende a ser razonable), pensó en gastarlos en equipo médico, mejorar la red de salud y hospitales existentes, mejorar salarios de médicos y enfermeras, comprar medicinas para los hospitales y unidades de salud públicas o para reforzar el presupuesto del Seguro Social, pero… ¿a dónde está el glamour en hacer algo tan común y corriente? ¿Algo tan propio de un estadista responsable? ¡Nambe! ¡Gastémonos el pisto en construir un súper hospital ubicado en una zona turística en un inmueble no apto para ello! Eso sí es pasar a la historia. ¿Y si no alcanza el pisto? Pues, hombre, ¡pedimos más!
En esas estaba cuando me fui a meter a la Asamblea a pedir más pisto y, como en los sueños a uno todo le sale bien, salí con que la Asamblea sin andar con tanta vuelta me aprobó crédito del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo, con los que dispuse de seiscientos diez millones más. Es curioso a veces comparar, pero con tanta plata ya hubiéramos puesto a un salvadoreño en la Luna… y varias veces.
Pero mi sueño no acaba ahí. Soñé que sonaba mi celular y que los estadounidenses, alemanes y japoneses me querían regalar mil millones más. Ahí si casi me da un patatús, con ese montonazo de plata hubiera podido reconstruir el Puente de Oro que se volaron los del Frente; licitar el Puerto de La Unión; dar créditos para desarrollar la zona turística costera; reconstruir escuelas o mejorar el salario a los profesores y las condiciones en que dan clases. Pero ¡nambe! ¿Quién iba a mencionar mi nombre con esos proyectos tan comunes y corrientes? Mejor ocupar el pisto para andar con mi cherada en las colonias clase media regalando cajas con comida. Eso sí que a nadie se le había ocurrido.
Al final de cuentas, sumando todo y todo, había tenido a mi disposición ocho mil trescientos veinte millones de dólares. Me desperté cuando mi mamá me pegaba un chancletazo cuando me pidió pisto para el súper y yo le decía que no me alcanzaba porque la Asamblea no me quería aprobar más préstamos.
Me desperté sudando y pensé “gracias, Dios mío, que solo fue un sueño y no malgastamos tanto dinero de esa forma”… ¿o si lo estamos haciendo?
Abogado/Master en leyes @MaxMojica
