Me parece que todos deseamos que, después de la crisis del coronavirus, nos encontremos con una humanidad mejor, más solidaria, más consciente de su fragilidad y de la importancia de la colaboración social para enfrentar las amenazas. Sin embargo, a estas alturas del partido parece que esos buenos augurios suscitan más preguntas que seguridades.
Es la temática que aborda el pensador francés Bernard-Henry Lévy en su libro “Ce virus qui rend fou” (Este virus que nos vuelve locos), publicado a finales de junio. BHL, como es conocido en su país, denuncia dos efectos sociológicos principales de la pandemia: primero lo que llama la “locura” del desquiciamiento del poder (ya sea por parte de los políticos, los medios de comunicación, o de los científicos); y segundo, la elevación del miedo a ente rector de nuestras conductas, planes y motivaciones. Además, en el marco del aislamiento y de las cuarentenas, apunta una consecuencia necesaria de las mismas: la pérdida de humanidad.
Ante una pregunta directa acerca de la locura autoritaria en algunos regímenes políticos, responde: “hay dos tipos de locura, en efecto. La locura de los cretinos, que niegan el virus, y la locura de los miedosos, que reaccionan en exceso. A corto plazo, la primera es más grave que la segunda, incluso es potencialmente criminal. A medio y largo plazo, la segunda tendrá efectos temibles, potencialmente mortales”.
En el lado de la negación, coloca a personajes y gobernantes que se han tomado el asunto a la ligera; y en el del delirio de los timoratos, identifica a quienes han tomado el poder —sin distinguir entre gobernantes o miembros del establishment científico—, y que sin credenciales o estudios serios recomiendan el confinamiento indefinido, como única estrategia de combate contra la peste.
Concretamente, apunta: “Entre las locuras que denuncio está esa manera de oponer sanidad y economía. ¿Qué quiere decirse con esa oposición? Si la vida y la economía se oponen pudiera decirse que la economía es la muerte. No es mi opinión. La economía crea empleos. La economía crea dinero para construir hospitales y escuelas, dinero para alimentos: es decir, la vida”.
Una de sus recomendaciones, que por simple no deja de ser lúcida, se refiere a que cada persona actúe con responsabilidad en el ámbito que le compete.
Recuerda un diálogo de La Peste, de Camus, cuando el doctor Rieux —discutiendo salidas para la situación— señala a Rambert: – aquí no se trata de heroísmo. Se trata solamente de honestidad. Es una idea que puede que le haga reír, pero el único medio de luchar contra la peste es la honestidad. Rambert, entonces, le pregunta qué es para él la honestidad, y Rieux contesta: – No sé qué es, en general. Pero, en mi caso, sé que no es más que hacer mi oficio.
Como sea, señala BHL lo peor es permanecer aislados, encerrados, pues una vida con distanciamiento social permanente no es una vida humana, sino: “una vida aterrorizada de sí misma, hundida en su madriguera kafkiana, convertida en colonia penal. Una existencia que, a cambio de una seguridad de supervivencia, está dispuesta a renunciar a todo lo demás: oración, honrar a los muertos, libertades (…). Una vida en la que se acepta, con entusiasmo o resignación, la transformación del estado del bienestar en el estado de vigilancia -con la salud reemplazando a la seguridad-, una subsistencia en la que se consiente en esta pendiente resbaladiza: derogando el antiguo contrato social, y firmando un nuevo pacto en el que se abdica un poco, o un mucho, de libertades fundamentales a cambio de una garantía antivirus, de un ‘pasaporte de inmunidad’, o un nuevo tipo de visa para salir libre de la cárcel”, una prisión en la que la locura del virus nos hace permanecer “como si nada pasara”, cuando en realidad, pasa, y mucho.
Ingeniero @carlosmayorare
