“Dadle ciencia y virtud…”

Ciencia y virtud, arte y deporte. Los cuatro pilares de una educación integral, verdaderamente humana. Ciencia para saber y para saber hacer. Virtud, para que las cosas sean hechas de buena manera, honradamente y buscando el bienestar de la mayoría. Deporte, para formar y templar el carácter, para levantarse luego de la caída, para actuar con intensidad y en respeto a las reglas. Arte, para enaltecer el alma, para humanizar el trabajo, para aspirar a la trascendencia, para alimentar al espíritu.

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El expolicía Joseph DeAngelo, conocido como el "Golden State Killer" (Asesino del Estado Dorado) y quien aterrorizó a California al asesinar a 13 personas y violar a más de 50 mujeres fue condenado a cadena perpetua. Foto agencia EFE.

Por Jorge Alejandro Castrillo Hidalgo

2020-08-21 8:34:45

“…y veréis a la juventud / cien mundos conquistar” han coreado en silencio íntimo la continuación de la estrofa, puedo apostarlo, miles de corazones verdes. Si en este momento pudiéramos ver las caras de esos corazones —sigo apostando, doble contra sencillo esta vez— con toda seguridad las veríamos alegres, con sonrisa enérgica, rejuvenecidas. Verdes corazones que no dejan de soñar, porque saben que los sueños los mantienen fuertes de espíritu, ardorosos y vigorosos a la espera de un nuevo día para aportar su esfuerzo a la construcción de una mejor sociedad. Esos corazones no se inmutarán si algún despistado los quisiera ridiculizar por soñadores. “Nuestros sueños no son rosas de vergel, le contestarán cantando, nuestros sueños son coronas de laurel” le dirán tranquilos. Si eso no bastara, completarán, con énfasis “De laurel siempre verde y en flor…”. Les regalo el grito final, queridísimos pericos lectores.

Ciencia y virtud, arte y deporte. Los cuatro pilares de una educación integral, verdaderamente humana. Ciencia para saber y para saber hacer. Virtud, para que las cosas sean hechas de buena manera, honradamente y buscando el bienestar de la mayoría. Deporte, para formar y templar el carácter, para levantarse luego de la caída, para actuar con intensidad y en respeto a las reglas. Arte, para enaltecer el alma, para humanizar el trabajo, para aspirar a la trascendencia, para alimentar al espíritu.

¿Cómo se podría volver a las clases presenciales que tanto se echan de menos, sobre todo, con los chicos más pequeños? es uno de los problemas que ha ocupado mi cabeza estos últimos días. Israel, España y Nueva York no tuvieron buenas experiencias con los retornos tempranos que intentaron, según reportes periodísticos. A Uruguay y Paraguay parece haberles ido mejor. Ellos sí han manejado bien, según parece, el asunto de la pandemia. Ahora ya tienen abiertas todas las escuelas, fábricas, tiendas y comercios. Son países con más recursos, con economías más pujantes y con poblaciones más educadas que la nuestra. Trabajo de años.

Esta semana, la señora ministra de Educación comunicó de manera formal que las clases terminarán de forma remota este año. Creo que eso permitirá sobrevivir a muchos centros privados de enseñanza que no habrían aguantado ninguna otra medida para recibir alumnos de manera presencial y, al mismo tiempo, observar medidas de protección sanitaria adicional. Cada medida cuesta y la mora que enfrentan es grave. La cuarentena sugiere que una principal división entre centros de enseñanza no es la dimensión pública o privada sino la calidad de enseñanza que se hace llegar a los alumnos.

¿Ayudará esta medida a mantener sanos a nuestros niños y adolescentes, a nuestros docentes, a los padres y madres de familia? Es la intención. La medida trae aparejados otros problemas, es verdad. Pero cualquier medida que se tomara los tendría. Ojalá “Despacho” encuentre el tiempo que no ha tenido para reordenar la casa, estructurar mejor el accionar del ministerio, y para producir un programa serio de lo que se buscará lograr en estos cuatro años que quedan (¿qué? ¿ya solo cuatro quedan?).

Circula en redes sociales el emotivo video de un ingenioso maestro de primaria que nos enseña que lo esencial de la educación no es solo la transmisión de conocimientos, sino el contacto interpersonal que permite a un buen maestro calar en el corazón de sus estudiantes y enseñar. Se le ocurrió visitar las casas de sus alumnos disfrazado de repartidor de pizzas. Uniformado, con gorra de visera y mascarilla resulta muy difícil reconocerlo al primer momento, cuando entrega al niño o niña la caja conteniendo la pizza. La contratapa de la caja debe haber llevado impresa su imagen con algún mensaje, pues cuando la entregaba al alumno que salía a recibir el envío (por lo que colijo que se puso de acuerdo previamente con las madres de los chicos) se aseguraba de entregarla ya medio abierta. Mientras los chicos terminaban de abrirla, él se despojaba de la gorra y quedaba reconocible. El momento en que los alumnos se dan cuenta de quién es el repartidor es lo enternecedor del video. Los niños son genuinos en sus reacciones. Al reconocer al buen maestro a quien habían extrañado quién sabe por cuántas semanas, quieren saludarlo con efecto y abrazarlo como seguramente lo hacían durante sus clases normales, lo que él, responsablemente, impide.  Muchos de esos niños lloran, todos se ven visiblemente emocionados. Ninguno lo olvidará en muchos años. “Me sacó las lágrimas” ponía uno de los comentarios al vídeo. ¡Y cómo no!, si es emoción de la buena que tanta falta nos está haciendo a todos.

 

Psicólogo.