Por lo general, y según el código de nuestra cultura, la pérdida de un ser querido implica un fuerte dolor emocional, particularmente presentándose sentimientos de tristeza, frustración, impotencia, soledad y hasta enojo.
En la muerte, perdemos a una persona significativa y perdemos una parte nuestra que se encontraba vinculada a ella.
Por tanto, el duelo representa también un momento de crisis, entendiéndose ésta como un período de desorganización emocional y cognitiva, en la que se espera que estos factores vayan reorganizándose paulatinamente en base a dos aspectos generales: (a) las herramientas y recursos internos (emocionales) que tenga una persona para afrontar la pérdida, y (b) las condiciones externas que permitan desarrollar el proceso de la reorganización psicológica.
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Dentro de las condiciones externas se encuentran en primer lugar el apoyo social (familia y otros significativos), en segundo la accesibilidad a los ritos de la muerte que forma parte del guión de nuestra cultura (velatorio y funeral).
Dichas condiciones deberían facilitar que la persona experimente cada una de las fases del duelo: aturdimiento, añoranza y búsqueda, desesperanza y desorganización, y reorganización.
Si por algún motivo la persona que experimenta la pérdida no cuenta con las condiciones externas que facilitan dicha progresión en las fases del duelo, se podría experimentar un sufrimiento mucho mayor.
Esto implicaría no poder expresar sus emociones en la fase inmediata de aturdimiento (por represión externa o propia), no tener acceso al ritual de la pérdida (velas y funerales), y no contar con el apoyo social.
Por tanto, podría darse el aparecimiento de duelos patológicos, es decir estados prolongados de sufrimiento psicológico por pérdida de un significativo.
Afrontar un duelo sin apoyo social y bajo aislamiento absoluto agravaría la experiencia y provocaría daños en la salud mental. Por lo tanto, resulta importante considerar varios aspectos para poner en práctica si se llegase a experimentar una pérdida significativa en momentos como el actual, en los que no es posible contar con las condiciones externas de manera favorable.
Estas consideraciones son:
Expresar sentimientos y hablar sobre ellos: el doliente debe expresar sea cual sea la emoción que experimenta debido a la pérdida.
Es sumamente importante que todas las emociones puedan ser expresadas sin ningún tipo de impedimento (incluso si el impedimento es el juicio social o la auto censura emocional).
Quienes acompañan el duelo, deben únicamente aceptar incondicionalmente la expresión emocional y no deben decir qué sentir o qué hacer al doliente.
En caso de no poder asistir al velatorio y/o entierro, se sugiere que las personas puedan realizar un acto de despedida hacia el difunto.
Es necesario y fundamental realizar un acto simbólico de despedida, que permita al doliente dejar ir al ser querido. De no poder tener una despedida como nuestra tradición cultural lo permite a través del acto fúnebre, se corre el riesgo de que se generen sentimientos displacenteros más intensos de lo habitual, como por ejemplo de culpa.
La culpa lograría mantener el vínculo con el alto precio de un gran sufrimiento: se mantiene la unión a través del (auto) castigo por no poder estar con el difunto, pero la pérdida no se repara.
En lugar de sanar el dolor, lo instala con más intensidad. Bajo el entendido de que en el duelo en estas condiciones genere sentimientos de impotencia, es importante que la persona se esfuerce por renunciar a la fantasía de control del duelo, puesto que no hay nada que controlar. Hay una pérdida y es importante afrontarla como se dio, vivirla y expresarla.
Es obligatorio mantenerse siempre en contacto social con las personas más cercanas en la medida en que sea posible. Estos podrían ser familiares u otros significativos. Si estos otros significativos no se encuentran viviendo en casa, es importante que pueda mantenerse el contacto vía electrónica o por llamadas telefónicas. El contacto social es fundamental y debe promoverse según las condiciones lo permitan y modulen dicho contacto.
Mantener una rutina diaria en casa, sabiendo que se realizará con la ausencia de alguien. Es también importante generar un hábito en los días de aislamiento social, puesto que esto permitiría (y debería) crear nuevas rutinas que ya no involucren al ser querido que ha fallecido.
A pesar del dolor, de la ausencia del ser querido perdido y la ausencia de otros significativos que pudieran acompañar el duelo, es importante mantener la actividad que sea posible, la cual podría ser actividad doméstica o trabajo en línea, o ambas. Muchas personas no mantendrán su trabajo desde casa, pero es importante que establezcan una rutina que les permita estructurar el paso del tiempo y los días.
Y finalmente, no juzgar ninguna reacción propia. Las emociones no son buenas ni malas, únicamente causan placer y displacer.
En cualquier pérdida, las emociones deben fluir y ser experimentadas como aparezcan, pues son proporcionales a la pérdida y son naturales ante la ausencia de un ser querido. Si después de que las condiciones sociales vuelvan a la normalidad el sufrimiento sigue causando mayor dolor del habitual, es importante que el doliente pueda buscar ayuda con profesionales de la salud mental, como psicoterapeutas e incluso servicios médicos de psiquiatría.
Najarro Guzmán es licenciado en Psicología, graduado de la Universidad José Simón Cañas (UCA).
