Cuando un nuevo año llega después de tanto jaleo del 2019, nos abunda pensar que la ilusión de dejar atrás lo viejo, complacerá nuestra esperanza de pasar la página hacia lo más reciente, olvidándonos del ayer, para embarcarnos en lo que todavía no se ha hecho, y lo que nos falta por hacer.
Aunque sienta que el año 2020 fluye como si nos tomase por sorpresa, en verdad es la inercia la que me hace elucubrar; que a menos que se hagan cambios sustantivos de búsqueda de una vivencia más humana para mejorar nuestra calidad de vida, seguiremos haciendo más de lo mismo. Son dos mil veinte años después de Cristo y todavía estamos resolviendo cómo seguir adelante con tanta tecnología que se ha inventado. ¡Que gran lío! Hemos construido un mundo que se derrama por deslumbramiento de las nuevas tecnologías disruptivas y sus dispositivos; y nos estamos decantando por más cosas de inexpertos olvidando todas las tradiciones y herencias de nuestros antepasados. Decantar significa inclinar un líquido que yace en un recipiente para trasegarlo a otro lugar. Como la torre de Pisa, nos hemos decantado por el estupor de vivir en base a una pantalla de un Smartphone, los robots, las máquinas inteligentes, etc.; sacrificando la naturaleza, la verdadera convivencia e interacción auténtica humana. Es una tristeza ver la estupidez en el liderazgo convencional de las naciones; u observar la cotidianidad de las familias que se decantan hacia una estupefacción por pasar el tiempo con selfies, redes sociales y viendo vídeos, botando su tiempo libre en un estilo de vida que provoca aislamiento social y ostracismo, similar al de habitar en una celda de prisión, encerrándose para nunca salir libres de nuevo.
Hace 10 años, trabajando en el Banco Mundial, siempre buscaba lo último en tecnología para aplicarlo a los negocios. Tenía el Smartphone más inteligente y novedoso de su momento. Sin embargo, decidí dejar mi empleo por comenzar mi propio emprendimiento. Fue un cambio radical dejar de ser empleada para convertirme en empresaria. Y en el proceso he tenido que apretarme económicamente al límite, al grado de vivir con mis padres con una sobriedad de extrema subsistencia. He soportado no seguir la moda de comprar lo innecesario y no adquirir lo último de las tendencias de tecnología. Como comprenderán, en las primeras etapas de cualquier empresa, se sacrifica el estilo de vida de comodidad y se vive con las limitaciones propias e inherentes que implica empezar algo desde cero. Sin embargo, en estos últimos 10 años, he tenido tiempo para discernir y cambiar mis paradigmas. Por ello, y con propiedad, pienso que estamos viviendo un período de vida decantado hacia la falta de solidaridad, falta de compasión y falta de amor por el desbalance tecnológico. Las sociedades en su afán por aplicar las tecnologías emergentes y altamente disruptivas, se han apartado de la interacción humana experimental que nos hacía convivir con respeto y apostar con ternura a los demás. Lamento observar que viene una generación Zeta que cosechará su propia destrucción si no hacemos cambios radicales a tiempo.
El 2020 es un año crucial en nuestra historia. El uso de las tecnologías disruptivas sin regulación apropiada es un robo hacia nosotros mismos. Pido a Dios que aquellos que lideran el curso del futuro puedan reflexionar e ir más despacio en cuanto al uso de la inteligencia artificial, el Internet de las cosas y la automatización de las industrias.
El 2020 es un año para recuperar del pasado aquello que nos hacía más humanos.
Eleonora Escalante MBA- MEng
Strategic Corporate Advisory Services.
