El 5 de diciembre del año en curso se cumplió el 527o. aniversario del descubrimiento de la isla Quisqueya, como los aborígenes, los indios tainos, la llamaban, por el Primer Almirante Cristóbal Colón, quien le dio el nombre de Española.
El 12 de octubre anterior Colón descubrió una de la islas de las Bahamas a la que bautizó con el nombre de San Salvador. Al no considerarla apta para establecer el primer punto de apoyo para su plan de conquista y colonización, continuó navegando hasta llegar a la isla Española.
La gran empresa del Descubrimiento de América y su imponderable éxito estuvieron afincados en el pensamiento y en la acción de tres italianos que van a definir su realidad, su ser, su identidad. Me refiero a Colón, que tuvo una percepción no correcta de su realidad, que creyó que era Asia; a Pedro Mártir de Anglería, que la sujetó a crítica y comenzó a develar su verdadera identidad, y finalmente, a Américo Vespucio, quien real y efectivamente, consideró que las tierras halladas son un nuevo continente.
A España jamás se le puede regatear el mérito de apoyar y patrocinar el proyecto colombino de develar, o descubrir o inventar a América —como diría el destacado historiador de las ideas el mexicano Edmundo 0. Gorman— pero, en rigor, hay que hacerle justicia a estos tres italianos, reconocerles sus esfuerzos en gracia de definir la imagen de estas tierras por tanto tiempo desconocidos, de ponerlas en el relieve de la cartografía moderna y de incorporarlas o integrarlas al Hemisferio Occidental cristiano.
Llama la atención la mente genial de Pedro Mártir de Anglería. Su agudeza crítica se manifiesta desde que recibe las primeras noticias del Descubrimiento colombino. Su comportamiento intelectual abre caminos para el conocimiento y comprensión de la nueva realidad geográfica, por tanto, tiempo ignorada.
El hombre y sus circunstancias
Pedro Mártir de Anglería es un noble producto de su tiempo. Época del crepúsculo de las viejas ideas y creencias y del alba de la renovación y nacimiento de las ideas que preludiaron el mundo moderno. Es un tiempo de crisis en la estructura espiritual de la sociedad europea. En la búsqueda de otras formas de enjuiciar a la realidad, de otras categorías de reflexión, se recurrió al pensamiento clásico grecolatino y a los modelos artísticos y literarios que contribuyeran a dar respuestas a las nuevas interrogantes espirituales y a las nuevas inquietudes y aspiraciones sociales. Esto fue el Renacimiento, que tuvo su cuna en Italia. Anglería nació en ese espacio geográfico y en ese tiempo de tanta trascendencia en la historia de la cultura. La formación de su personalidad derivó fundamentalmente de ese condicionante histórico-cultural.
En octubre de 1526 bajó al sepulcro. Contaba con 69 años de edad. Había nacido el 2 de febrero del 1457, en Arona, a orillas del Lago Mayor, próximo a Milán. Tenía 35 años de edad cuando Colón descubrió América y 37 cuando comenzó a escribir Las Décadas que le llevó 32 años en hacer, obra que según su plan original sería mayor y basada en las mismas fuentes orales (el testimonio de Colón, de los otros descubridores y los conquistadores y primeros colonizadores) que nos presenta en su epistolario, de más de 800 cartas, en las que informaba a sus amigos y protectores sobre los hechos en las nuevas tierras descubiertas.
Pertenece a una generación de intelectuales que plantearon una nueva visión en el pensamiento, no solamente en las ciencias físico-naturales, sino también, en la literatura, el arte, la filosofía y en la historiografía. Fue contemporáneo de Nicolás de Maquiavelo, y precisamente cuando éste edita El Príncipe, coincide con la publicación de la Segunda Década, y además, de Leonardo da Vinci, de Marcilio Ficcino y de Juan Pico de la Mirándola.
En su tiempo se estaba abriendo paso en Europa una nueva historiografía, la que se muestra en la generación inmediatamente anterior a Anglería, como por ejemplo, en Leonardo Bruni (1370-1444), que fue fundador de la analítica humanística como se percibe en su Historia del pueblo de Florencia. Con Flavio Biondo, quien incorporó a la Historia la Arqueología y se preocupó por desentrañar el sentido de los monumentos romanos, como se revela en su libro: La Fundación de Roma (1442); asimismo se interesa en reconstruir la intensa vida política en la que ella había servido de marco humano urbano, como lo manifiesta su Roma Triunfante (1472); y Lorenzo Valla (1407-1457), que es precisamente el arquetipo del crítico del Renacimiento, quien en sus obras: De Falso Credita et Mentita Constantini donationi Declamatio, objeta que Constantino hubiese donado el dominio temporal de Italia a los Papas; en su anotación sobre el Nuevo Testamento, critica las traducciones latinas de Los Evagelios, y en su obra De Voluptate Dialogus menosprecia el ascetismo medioeval. Además de ser contemporáneo de Maquiavelo (1469-1527), quien también escribió dos libros históricos: Historia Florentina (1532-) y sobre la Primera Década de Tio Livio, también lo es de una excelente figura que se llamó Francisco de Guicciardini (1483-1530), el cual escribió una interesante Historia Florentina (1509) y una Historia de Italia (1561), donde se nos revela preciso y profundo y con mucha agudeza crítica. De manera que esa circunstancia generacional va a influir sobre el cronista Anglería en su percepción de la realidad que le trae Colón y sus acompañantes, pero también conveniente es significar, que su visión, su imagen, estará condicionada por los siguientes factores: primero como cortesano que sirvió en la corte de los Reyes Católicos, y también, bajo el servicio de los cardenales Ascanio Sforza y Juan Archibaldo, conde de Tendilla, luego fue embajador de España ante la Santa Sede; además fue soldado, poeta y maestro de los jóvenes de la alta nobleza cortesana. Fue, además, embajador de los Reyes Católicos en Egipto. Consejero de la Junta de Indias. El Papa Adriano VI le nombró Archipestre de Ocaña en 1523 y luego fue presentado por Carlos V, de Alemania, y I, de España para la abadía episcopal de Jamaica, de la cual no pudo tomar posesión. En el mismo año de 1524, fue nombrado miembro del Real Consejo Supremo de Indias. De manera que esas circunstancias van a incidir o influir en la mentalidad del personaje en su visión de América y de la Isla La Española, pero también creemos necesario considerar la época española en la cual se sitúa el personaje, que es de suma trascendencia para la Península Ibérica.
España concluyó el ciclo de la reconquista con la toma de Granada. Se lanzaron los Reyes Católicos en una política de unidad sobre la base de la catolicidad, de la religiosidad, en los momentos en que sufre una profunda crisis económica… La toma de Constantinopla por los musulmanes cierra la única puerta del mundo occidental con el mundo oriental. Las especias, tan importantes para la economía española, una economía basada en el ganado, en la oveja —que como bien plantea Vicens Vives en su historia Económica y Social de España, este ganado era matado en el otoño para así preparado con las especias, evitar la corrupción de la carne y poder enfrentar los rigores del invierno—. Con la toma de la ruta del Mediterráneo Oriental la economía española fue de tumbo en tumbo hasta llegar a una fase sumamente crítica, de suerte que el Estado moderno comienza a surgir justamente en España, que se encuentra sin un soporte económico. A esto se ha de agregar también la crisis del oro, que se presentó en Europa, con la escasez que se iba reportando de las minas de Italia y de las muy pocas que en el Continente europeo estaban en operación. También, se presentó una profunda crisis en el sistema de ideas y creencias y una crisis de carácter moral. La Europa que saliendo de la piedad o la mística medieval se enfrentó con un nuevo mundo orientado por el cálculo económico, con una economía dineraria saliéndose de la economía dominial o señorial, característica del feudalismo; en fin, una tendencia hacia la búsqueda de unos nuevos horizontes, de un nuevo pensamiento o hacia la búsqueda de unas nuevas categorías del pensar que orientara al hombre frente a una crisis tan profunda como la que vivió, crisis que muy bien nos la dibujan Johann Wizinga, en su obra El Otoño de la Edad Media, y Henry Pirenne, en su Historia Económica y Social de la Edad Media. De manera que esta es la época, el marco temporal que gravita en la imagen que el personaje tendrá sobre la América y La Española.
En su testamento, que se conserva en el Archivo de Simancas, Pedro Mártir se autopercibió como un “hombre de recta y delicada conciencia, piadoso y agradecido”. Sus contemporáneos lo percibieron como un hombre de talento, fecunda imaginación, vigorosa inspiración poética, vasta erudición e integro. Por su capacidad lírica, revelada en su colección de poemas, y sus arrebatos poéticos que muestra en su admirable prosa, Torres Asencio considera que pudo escribir un poema épico sobre la hazaña de Colón superior a La Iliada y La Odisea, de Homero, y La Eneida, de Virgilio.
En sus Décadas muestra su vocación de historiador, que gracias a su capacidad intelectual, su agudo ingenio, su fértil imaginación, su voluntad, tesonera en la búsqueda del dato, su espíritu de observación, su conocimiento de sucesos y personas, su inteligencia analítica y crítica y su extraordinaria erudición pudo hacer la primera historia de América sin tener la vivencia de ella, sin haberla conocido. El padre Las Casas reconoció y valoró los méritos historiográficos del humanista milanés en el prólogo de su Historia de las Indias: “…Acerca de estas primeras cosas a ninguno se debe dar más fe que a Pedro Mártir, que escribió en latín sus Décadas, estando aquellos tiempos en Castilla, porque lo que ellas dejó tocante a los principios, fue con diligencia del mismo Almirante, descubridor primero, a quien habló muchas veces y de los que fueron en su compañía, inquiriendo… A Pedro Mártir se le debe más crédito que a otro ninguno de los que escribieron en latín, porque se halló en Castilla por aquellos tiempos, y hablaba con todos, y todos se holgaban de le dar cuenta de los que veían y hallaban, como a hombre de autoridad y él que tenía ciudado de preguntarlo…” (sic).
Sus obras son: Opus Epistolarum (Epistolario); Décadas del Nuevo Mundo; Legationis Babylonicae Libri tres Poemata. Al parecer no llegó a escribir el Diario de la guerra de Granada, que prometió con el nombre de Diales Castrenses.
Embajador de la República Dominicana.
