Los animales que acompañaron La Natividad se resiste a desaparecer

El buey y la mula son recordados como esos animales que acompañaron al Niño Jesús en el pesebre y al burro que ayudó a escapar a María y José de Herodes. En la actualidad estos animales siguen ayudando al humano en sus labores.

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Joquilisco (Usulután), 14 de diciembre de 2019 Recorrido por Usulután para tema navideño sobre los animales de carga. Foto EDH/ Yessica Hompanera

Por Yessica Hompanera

2019-12-23 12:55:28

En la historia bíblica de La Natividad están presente varios animales de tiro: el buey y la mula, al lado del pesebre que sirvió de cuna para el Niño Jesús, y el burro que sirvió para que María y José huyeran a Egipto con el Hijo de Dios para evitar ser capturados por el rey Herodes. Desde entonces, con la expansión del cristianismo, la historia de estos burros, bueyes y mulas ha sido retratada en miles de obras de arte, y en El Salvador contemporáneo se honran cuando se les coloca en el Nacimiento junto a las figuras centrales, el niño Jesús, María y José o cuando se interpreta canciones propias de la época como “El burrito sabanero”.

La historia de la relación entre humanos y estos animales de tiro tiene más de 10,000 años de antigüedad y gracias a ella los indoeuropeos desarrollaron el comercio y la agricultura, la base con la que fundaron imperios y la infraestructura necesaria para mantenerlos.

No en vano en muchas sociedades eran venerados como dioses. Todos tienen sus orígenes en especies silvestres que fueron domesticadas y con siglos de selección de rasgos deseables de su descendencia han llegado hasta la forma que tienen en la actualidad.

El ancestro del burro es el asno salvaje africano (Equus africanus) que solo ha existido en África y partes de Medio Oriente. Hay evidencia de que hace 6,000 años los egipcios usaban asnos completamente domesticados por lo que se calcula que el proceso de domesticación de estos inició varios milenios atrás.

Las mulas son el resultado de cruzar un burro con una yegua para mezclar las mejores cualidades de ambos animales. Las mulas son estériles, no se pueden reproducir. Se cree que los primeros en criar mulas fueron los pobladores de Nicea, actualmente Turquía. Al cruzar un caballo con una burra, al animal resultante se le llama burdégano y resulta también estéril.

La historia del ganado es similar. Su ancestro silvestre fueron los uros, una especie cuyos últimos ejemplares se extinguieron en el siglo 17 en Polonia. Del uro descienden dos ramas de ganado, el taurino (Bos taurus) y el cebú (Bos indicus), este último más relacionado con nuestro país por ser una variedad más resistente al calor. El taurino fue domesticado alrededor de hace 9 mil años en el valle del Éufrates, actualmente Irán e Irak y el cebú en la India alrededor de la misma época.

Los bueyes son machos bovinos castrados, toros a los cuales la extracción de sus testículos los hace especialmente útil para trabajo de la tierra, de carga y para el consumo de su carne. La castración se hace en los primeros dos años de vida del torete. Sin testículos, el toro tiende a ser más dócil y desarrolla mayor tamaño y fuerza.

Su llegada al continente americano, donde no existían fuertes animales de carga, fue junto a los europeos en las conquistas del siglo XVI. Los equinos y y bovinos se convirtieron en parte fundamental para la guerra y para la preparación de tierra donde se cultivaría la caña y maíz, y el traslado de productos que facilitaba el comercio.

La prohibición de sacrificar burros, mulas y caballos para el consumo un mano en El Salvador se debe precisamente a pretender evitar que animales tan útiles para la economía al transportar de personas y mercancías terminaran como alimento.

Con el paso del tiempo y los avances del desarrollo tecnológico, sobre todo con el surgimiento de vehículos, han ido desapareciendo de la escena.

Según el agrónomo de la Universidad de El Salvador, Omar Lara, en décadas pasadas era común observar a los campesinos utilizando animales de tiro ya que la maquinaria para trabajar la tierra era un recurso al que pocos podían acceder.

“Aparecieron nuevas tecnologías pero también tiene que ver el abandono de la agricultura. La brecha de lo urbano y lo rural se ha ido reduciendo por lo que la gente que prepara tierra ahora es muy rara. En algunas zonas rurales aún se pueden ver, pero son muy escasos” sostuvo Lara.

Para darse una idea de cuantos bueyes, mulas y burros hay en el país, este medio recurrió a datos del Ministerio de Agricultura y Ganadería. El Anuario de Estadísticas Agropecuarias de 2017 registró un total de 10,403 bueyes a nivel nacional.

El departamento con la mayor población fue Usulután con 3,977. En Santa Ana apenas hay ocho registrados. También se registró que en los rastros del país se sacrificaron 7,554 bueyes en todo el año, lo que demuestra que son preciados por su carne.

La última vez que se contabilizó la cantidad de burros y mulas en el país fue durante el Censo Agrícola de 2007. Se encontraron 296 mulas en general; el departamento con el mayor número de estas, 60, es Chalatenango y en San Salvador y Cuscatlán no se registró ni un solo ejemplar. El mismo documento afirma que entonces había en total 144 burros en todo El Salvador, de los cuales había 37 en Sonsonate y 22 en Chalatenango.

Junto con la extinción de variedades de ganado nativas se desvanece el valioso material genético producto de miles de años de domesticación y adaptación a la demandas laborales de los humanos.

Los burros de Fernando

Fernando Gavidia tiene 63 años de edad y vive en el cantón El Progreso en Torola, Morazán, alguna vez uno de los municipios más aislados de El Salvador. Ha criado burros desde hace 15 años y los aprecia porque son muy prácticos para montarlos y transportar carga por lo compacto de sus cuerpos y su carácter manso.

Pero esta relación estre humanos y estos animales tiene más de 10,000 años de antigüedad. En esta postal se ve a Fernando Gavidia y su nieta Nally Ortez conviviendo con sus burros de raza andaluza, llamados “Payaso” y “Brisa”, en el cantón El Progreso, Torola, Morazán. Foto EDH/ Yessica Hompanera

“Los ocupo de transporte, me monto y voy a cualquier lugar. Si había que traer maíz o leña es mejor un burrito porque hay lugares donde ningún carro o motocicleta pueden entrar”, afirma, pero reconoce que gracias a esos medios de transporte sus animales pueden descansar más. También eran el medio de transporte para acarrear agua del río cuando no había servicio de cañería en el cantón de Fernando.

Dentro de su rebaño tiene a “Payaso” y a “Brisa”. El primero tiene 3 años y está en entrenamiento para cargar peso, mientras que Brisa tiene diez años y ha tenido varias crías que se han comercializadas a otros pobladores de Morazán. Los burros bien cuidados pueden llegar a vivir hasta 45 años.

Los bueyes de Óscar

A cien kilómetros del cantón de Fernando en las montañas de Morazán, cerca de la costa, vive Óscar Osegueda, de 40 años de edad. En la mañana prepara una yunta de bueyes junto a un terreno de maíz en el cantón Roquinte, Jiquilisco, Usulután, uno de los municipios con mayor cantidad de bueyes en el país. El sol es abrasador y hay que arar el suelo, pero Óscar sabe que “Noble” y “Sereno” realizarán la tarea sin ningún problema.

“Los bueyes los comenzamos a domesticar desde que eran terneros, me gustaron por su elegancia y por ser buenos animales. Son dos meses de trabajo con el yugo y luego, después de ganarles la confianza le colocamos la carreta. Si se tratan bien ellos van a creer que somos sus amigos y no tendrán miedo”, comentó Óscar mientras acaricia uno de ellos.

Cuando toca la tarea de arar el suelo, a pesar del sol abrasador, sabe sus queridos “Sereno” (el de la fotografía) y “Noble” los realizarán sin ningún problema. Foto EDH/ Yessica Hompanera

El agricultor recuerda que en su comunidad habían hasta 20 yuntas de bueyes, pero con el paso de los años ha observado cómo van desapareciendo. Él cree que los animales de tiro desaparecerán y serán sustituidos por la tecnología.

“Se van a extinguir porque ya la gente quiere máquinas para sembrar. Mi papá me dice que no perdamos la costumbre de utilizar bueyes porque tiene un misterio, porque cuando uno pasa una yunta de buey por la tierra la tierra se llena de su estiércol que es abono y hace que la tierra se oxigene y se hidrate cuando llueve. Esto hace que la milpa crezca bonita”, explicó.

Mario cree que no desaparecerán

Sobre una carretera de polvo del cantón El Carao, en Tecoluca, en San Vicente, se desplaza Mario Villalta sobre una carreta de madera tirada por dos bueyes: “Cubano” y “Bonito”. Al preguntarle una definición de lo que era un buey dijo que “es la mano fuerte del agricultor”.

Ambos bueyes los ha conservado debido a que por su fuerza y resistencia en el campo resultaron ser muy efectivos en el trabajo. La función principal es llevar y traer sacos de maíz, alimento para otros animales.

El Rosario(Morazán)l, 3 de diciembre de 2019
reportaje sobre burritos, bueyes y mulas para tema navideño
Foto EDH/ Yessica Hompanera

A comparación de Óscar, Mario duda que el trabajo agrícola y la utilización de los animales de tiro desaparezca. Cree que todo dependerá de aquellos que aún lo necesiten. “Todo está en la cultura que se le deje a las nuevas generaciones porque si algún día estos desaparecen hay mucha gente perderá la posibilidad de aprender del cultivo y de la tierra”, dijo.

En la actualidad, una yunta de bueyes adultos y adiestrados puede costar entre 1,500 a 2,500 dólares en El Salvador.

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