Eran finales de los años 60. El autobús de la ruta 22 no pudo subir al bulevar Tutunichapa debido a un accidente y tuvo que pasar enfrente del atrio de la iglesia Don Rúa.
La imponencia y majestuosidad del templo, al que sólo había visto desde la azotea de su apartamento, rebasaron la capacidad de asombro de un niño que iba en el colectivo, haciendo que abriera sus ojos hasta sentir que casi se les salían de las órbitas. Desde entonces, cada vez que iban en el bus, el infante pensaba que ojalá que volvieran a pasar por ese lugar.
Llegó el día en que se cumplió su sueño, pero ya no pasaría enfrente en autobús, sino que entraría y lo recibirían como monaguillo por recomendación de su primo Juan (quien moriría unos años después como salesiano). Por ello, cada vez que podía, se escapaba,solo, en el autobús a la iglesia. Así le llegó la adolescencia. Ya asistía a la Misa de los Jóvenes, con batería, guitarras eléctricas y voces nuevaoleras, con sonrisas, inspiración y carisma bosconianos.
El espigado padre Francisco Manzoni, con su característica sotana negra empolvada, seguía al frente de las obras de ingeniería que faltaban en la joven parroquia, sin descuidar el ir a visitar enfermos en su Vespa roja. El padre Giraudo pronunciaba homilías como verdaderas cátedras de teología y filosofía popular, citando a grandes pensadores de todos los tiempos, mientras los fieles escuchaban y aprendían en el templo colmado a reventar.
El 24 de mayo de 1978 le dieron permiso al muchacho de nuestra historia de subir hasta el campanario, en la torre de 96 metros de altura. La meta era ascender hasta el desván del campanario antes de que entrara la procesión patronal y sonaran las campanas a rebato, pero con tan mala suerte que no alcanzó a subir y se tuvo que aguantar el estrepitoso tañer entre las campanas. Inolvidable jornada por la fiesta de María Auxiliadora, la visita de San Romero y la sordera de hora y media que le dejaron las campanas… Quizá esa sonora experiencia le agudizó el oído musical, y las prédicas del padre Giraudo, el amor por las letras…
El de la historia era este servidor, que siempre se sintió en el Don Rúa como que llegara a la casa materna. Mi madre me había dicho que la santa patrona de su pueblo, Jocoro, en Morazán, era María Auxiliadora y así me enseñó el consabido himno “Oh, María Auxiliadora, yo te ofrezco el corazón…”.
Con el ejemplo de Don Bosco y sacerdotes como Juan Giraudo, José “Ciao” Corrado, Jorge Miranda y Pepe Moratalla aprendí el Evangelio de la vida:
Que rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita.
Que es mejor dar que recibir…
Que si tu enemigo te golpea en una mejilla, ofrécele la otra, pero no ser masoquista, sino responder evitando la violencia y sabiendo perdonar.
Que el dañar a otros no te puede dar más que siete minutos de gloria y una vida de frustración.
Que se engaña a sí mismo el que cree que puede engañar a toda la gente todo el tiempo.
Que el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente, pero llega un día en que se acaba.
Que no puedo subestimar a nadie, porque la vida da vueltas y sorpresas.Que la vida es como un rosario y cada una de sus cuentas equivale a una experiencia, pero que de nosotros depende que comiencen y terminen en la cruz del bien.
Que, como Don Bosco, tenemos que ser soñadores, aventureros visionarios y no conocer más fronteras que la mano de Dios.
El Don Rúa ha cumplido 50 años desde su construcción, la cual tardó 19 años y concluyó en 1969. “Cada piedra es un milagro”, como dijo Don Bosco sobre la Basílica de María Auxiliadora en Turín, donde el santo de los jóvenes comenzó su aventura y fue la inspiración para el emblemático templo en nuestro barrio de San Miguelito, al que ni la guerra ni los terremotos ni los huracanes han logrado conmover. Estando enfrente pude ver cómo el terremoto de enero de 2001 zarandeaba la torre, pero no logró derribarla, como si la sostuviera una fuerza invisible.
Cada vez que oigo las campanas me recuerdo de ese ruidoso 24 de mayo de 1978 y viendo la colosal y tierna imagen de María Auxiliadora sobre la cúpula, vuelvo a ver con emoción y con los ojos de asombro de aquel “babyboomer” hasta casi salírseme de las órbitas y digo: “Realmente, Ella lo ha hecho todo…”.
Periodista.
