Se dice que en sus novelas y cuentos cortos James Augustine Aloysius Joyce (1882-1941), escritor irlandés del siglo XX, presenta las experiencias relatadas en forma fragmentada, múltiple y sin límites. Su estilo imita el flujo de la consciencia, pero tomando en cuenta el subconsciente, además de los análisis iconoclásticos de Charles Darwin, Sigmund Freud, Henrik Ibsen. Pero también aparecen el estilo e historia del poeta romano, Virgilio, y del poeta italiano del siglo XIV, Dante Alighieri; la doctrina de la iglesia católica, el arte y la literatura del mundo occidental, para “obligar”, en las palabras de Virginia Woolf, “a la forma de la novela a contener lo que es, pero la novela como forma, es extraña”. De otro modo, Ezra Pound, también su contemporáneo, declaró que: “El señor Joyce escribe en una prosa clara y dura. Pero se trata de asuntos subjetivos”.
Joyce, escribiendo en Trieste y Suiza antes de aquel período incandescendente de la Belle Epoque, y entre las dos guerras mundiales, presentaba su novela Ulises en 1922. “Incandescente” porque emitía la luz que resultaba del calor de la emoción fuerte y apasionada. Bañada en el pasado, la novela se trata del presente en la casi decimonónica ciudad de Dublín, en el transcurrir de un solo día, siguiendo todos los niveles, espacios y aspectos brillantes y chocantes de una trama en la ciudad irlandesa. A la vez está dibujando el regreso a casa después de la Guerra de Troya, del héroe Ulises, de hace siglos, de Homero en su épica, la Odisea (Ulises es el nombre romano del griego Odiseo).
En su presentación, Joyce pasa por mencionar, aludir o imitar a todos los autores recomendados por el studia ratiorum (plan de estudio de la Compañía de Jesús preparado por San Ignacio de Loyola) de los Jesuitas, quienes lo educaron en la tradición clásica y la fe católica ad maiorem Deo gloriam -por la mayor gloria de Dios- consigna de la orden de los Jesuitas. Detectamos alusiones e imitaciones del estilo de Homero, Virgilio, Dante y la historia como panorama de la civilización literaria y psicológica del mundo occidental.
Pero Joyce, en Ulises, se dedica, simultáneamente, a forcejearse contra la doctrina de los Jesuitas, inculcada en su juventud. La novela comienza con unas fotos rápidas del personaje disfrazado de Joyce mismo en casi un roman a clef (novela con una clave para su interpretación en varios niveles) de sí mismo como joven en la figura de uno de los protagonistas más famosos de los tiempos modernos: Stephen Dedalus. Ahora, St. Stephen era el primer mártir, quien murió por su fe. Daedalus era el artesano semi-divino en la mitología griega, quien confeccionó las alas de cera para su hijo, Ícaro, quien voló demasiado cerca del sol en sus ambiciones. El sol derritió la cera de las bisagras de las alas, e Ícaro cayó del cielo a su muerte (lección contra la soberbia). Mensajes etimológicos -en cada página de la novela- están allí para quienes los quieran entender, en la medida en que van leyendo esta novela de más de 600 páginas.
En todo eso, imita también a Dante, y su guía romano, Virgilio (en La Divina Comedia), porque Dante declaró que sus escritos poéticos contenían interpretaciones en unos cuatro niveles diferentes. Aquí está el chiste y el humor cómico de Joyce sobre su propia metodología y estilo estético en Ulises: “He puesto tantos enigmas y rompecabezas que los profesores estarán ocupados durante siglos, argumentando sobre qué es lo que yo quería decir. Y esa es la única manera de asegurar mi inmortalidad”.

Regresando a Stephen Dedalus y el primer capítulo de la obra, para ilustrar el punto, la figura elegante y arrogante de Buck Mulligan comienza el libro mirando el mar desde el parapeto de una torre antigua en la costa de Irlanda, donde vive con Stephen. Mulligan está a punto de afeitarse. Con toalla alrededor de su cuello, levanta una olla que contiene la crema para afeitar, y, mirando el mar, entona las primeras palabras de la misa católica, en latín, según el Concilio de Trento: Introibo ad altare Dei (Me acerco al altar de Dios). Así la primera premisa con la que comienza su enfrentamiento irónico con la educación de su juventud. Sigue, profundizando la ironía en la conversación con Stephen desde el parapeto de la torre, en el tiempo interno de la novela, que es de los comienzos del siglo XX.
Mulligan medita a voz alta: “¡Dios! ¿No es el mar una madre gris y dulce? El mar, verde como la flema. El mar, que aprieta el escroto”. Y habla enseguida, siempre con Stephen, en la tercera página, de los griegos, del Odiseo, de Homero y del idioma griego: “¡Thalatta!” (el mar, el océano). Debemos saber que Joyce dominaba unos cinco idiomas, una educación clásica de las instituciones jesuitas, y un amor nacionalista a su Irlanda nativa. Mientras que Stephen (tal vez una sombra viva del joven Joyce) está pasando por una crisis de su fe, y una crisis psicológica, porque, como pasó a Joyce mismo en este tiempo, su madre había fallecido recientemente. La culpabilidad que siente Stephen (y tal vez Joyce también), por haber denegado la última petición de ella, desde su lecho de muerte, que su hijo regresara a la fe católica. La madre de Joyce falleció cuando él estaba en un autoexilio de Irlanda en el continente y como buen hijo, regreso a Dublín.
Más adelante nos presenta a Leopold Bloom, el protagonista con quien vamos a pasar el día y la noche -unas 20 horas- en que tiene lugar la novela: 16 de junio, 1906. Joyce, en Europa cuando los alemanes nazis habían comenzado a capturar y encarcelar en campos de concentración, expresa, a propósito, su simpatía e intento de defender a los judíos contra el genocidio perpetrado por los fascistas alemanes, al presentar al mundo, en una de las novelas prominentes de la literatura europea, un protagonista judío.
Bloom es judío, aunque no practicante. Y Ulises es una novela política, también escrita y publicada después de la Primera Guerra Mundial y en el ambiente y antesala de las campañas antisemíticas en Alemania. Debemos saber que Joyce ayudó a “unos 16 refugiados” a escapar de los nazis desde Zurich, Suiza, en 1938 (Richard Ellman. James Joyce, Oxford, 1983). No obstante, Joyce tampoco niega el antisemitismo de sus compatriotas irlandeses, y lo presenta para que el mundo lo pueda ver.

En el París de la Primera Guerra Mundial, los amigos de Joyce eran los escritores del siglo XX. Allí platicaba y trataba con Andre Gide, Ernest Hemingway, Gertrude Stein, Valery Larbaud, T.S. Eliot y Marcel Proust. En EE.UU. Ulises fue declarado por una corte en Nueva York como “material obsceno” y 500 copias fueron confiscadas por las autoridades del correo. Pero, en 1933, un juez americano falló en su corte que la novela era una obra literaria importante y no de pornografía. La revista Time Magazine presentó a Joyce mismo, dos veces, en sus portadas el 29 de enero de 1934 y el 8 de mayo de 1939.
Rompiendo con las restricciones de la época victoriana, tan dada a la crítica y al desprecio del ser humano y sus posibilidades, Joyce escribió una novela experimental que rompió el molde de la novela como era concebida hasta la publicación de Ulises. ¿Qué es obscena?, en partes, no se puede negar. Pero en el mundo afuera es considerada excepcional, experimental y de una significación enorme como obra literaria. Joyce cambió, por la fuerza de las palabras y los conocimientos profundos de muchos siglos, la forma de la novela moderna, alimentándola y torciendo la forma y concepto del género literario con el flujo de la consciencia y el monólogo de los sentimientos oprimidos y sumergidos en el subconsciente que descubrió Freud, con las alusiones épicas del mundo clásico, con los monumentales poemas de la época medieval y con un brindis a la experimentación hacia la cúspide de los tiempos modernos.
¿Qué es una novela política? Sí, lo es. Y de política muy diversa. Ulises apareció publicado solamente tres años después del Tratado de Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial, y solo seis años después del Easter Uprising en 1916, la insurrección de sectores del pueblo de Irlanda que tuvo el objetivo de quitar las fuerzas militares de ocupación de Irlanda del Norte. Fue tan tremendo el auge del nacionalismo irlandés, que los acuerdos de paz, firmados hasta 1996, entre Inglaterra y Sinn Féin de Irlanda fueron denominados los Acuerdos de Pascua (The Easter Agreements), que están en juego hoy con la iniciativa de Brexit. Sinn Fein, la entidad que organizó este acto de independencia de la ocupación por Inglaterra, hizo la llamada en medio de la Primera Guerra Mundial. En Ulises, Joyce nacionalista irlandés, aunque de exilio en el continente, hizo un énfasis constante en su novela sobre la necesidad de la paz.
Joyce exigía en Ulises una redefinición del concepto tradicional de la hombría como una fuerza agresiva, en su pintura literaria enormemente sensitiva, del joven irlandés, Stephen Dedalus. Quien considere con seriedad al protagonista, Leopold Bloom, y sus juegos con los conceptos del hombre y de la mujer verá ideas que rompieron con las costumbres y tradiciones heredadas de los tiempos de la reina Victoria. Agregamos a la asombrosa Molly Bloom, su esposa, una mujer fuerte y sensual quien habla muy francamente, y quien domina las últimas páginas de la novela con su famoso monólogo. Es una novela no para los de mente cerrada, aquel que tenga miedo de abrir sus ojos a nuevas ideas y maneras de ver los conceptos en juego, pensamiento y conciencia ante los fenómenos psicológicos y políticos que todavía dominan el escenario mediático de nuestro siglo.
Joyce se mete por la cabeza, el alma, los sueños y el subconsciente de la política de sus tiempos al escoger a un judío como protagonista cuando el mundo estaba hundido en las guerras mundiales. Lo hace al considerar los manantiales del nacionalismo irlandés y la situación del pueblo irlandés, sin la posibilidad de ganar su independencia de Inglaterra y dominada por una religión con la que Joyce buscaba pleitos. Es una novela con una plétora de dimensiones con su política, del concepto del idioma (no solamente gaélico e inglés) pero del lenguaje en toda su gloria y posibilidades de metamorfosis, como instrumento -como arma contundente- puede formar, falsificar, modificar y generar las realidades humanas de sus tiempos que tanto informan a los nuestros. Sigue la filosofía medieval del realismo de William de Ockham, un fraile franciscano del siglo XIV, que, como dice Umberto Eco, nos avisa que podemos tener solamente las palabras que representan al fenómeno, pero no podemos poseer el fenómeno mismo: O sea, es posible que no podamos tener la rosa, pero si podemos tener el nombre de la rosa.
Como declaró Richard Ellman, erudito que estudia Joyce: “Es apropiado que la entereza de Ulises termine con un fuerte ‘SÍ’ de Molly Bloom”.
