En la lejanía se escuchaba el sonido de la locomotora y su característico silbato se combinaba con las risas y gritos de un grupo de niños, que viajan dentro de uno de los viejos vagones del tren en Fenadesal.
Ese sería el último viaje que haría Carlos Villeda ese día, quien ahora ostenta el título del maquinista más antiguo del país. El viaje era para un grupo de estudiantes que habían llegado al museo y que, algunos de ellos, subían por primera vez a un tren.
Villeda, de 59 años, 43 de los cuales ha trabajado en Fenadesal, vestía el característico uniforme de maquinista: overol azul y pañoleta roja. Comenzó a hablar de las curiosidades y leyendas que envuelven a Fenadesal, una de las dependencias de Estado que, durante su auge, dinamizó la economía nacional.
Carlos explicó que el entramado ferroviario estaba dividido en tres distritos. El primero, entre San Salvador y La Unión, que además fue el último en construirse debido a que los propietarios de las tierras del oriente del país se opusieron a la instalación de las líneas ferroviarias por temor a que sus tierras se vieran afectadas.
El reencuentro de los hombres que dieron vida al ferrocarril
Son 19 ex trabajadores de la estación de tren de Sonsonate quienes, pese a su avanzada edad, conservan muchas anécdotas de la época dorada del ferrocaril en El Salvador. Así fue reunión de ex compañeros
El Distrito 2, el segundo en construirse, comenzaba en San Salvador y llegaba hasta un ramal en la frontera con Guatemala (Puerto Barrios). Este distrito conectaba a El Salvador con el imperio de la United Fruit Company en Guatemala y Honduras.
El distrito más antiguo es el tercero y comenzó a construirse en Sonsonate, exactamente en el Puerto de Acajutla, y llegó hasta San Salvador en 1900. Según el maquinista, la decisión de comenzar a construir el ferrocarril en Sonsonate se debió a que la industria de añil, café, cacao y bálsamo estaba floreciendo en la zona.
Carlos relató que la International Railways of Central America (IRCA) jugaba un papel tan importante en la economía salvadoreña que una de las razones del triunfo de la Huelga de los Brazos caídos, para derrocar a Maximiliano Hernández Martínez, fue gracias a que el comercio se paralizó. Fenadesal existió hasta que el IRCA y el Ferrocarril de El Salvador se fusionaron.

Foto EDH / Jessica Orellana
El poder del IRCA era tal que en la década de los 50, el Instituto Salvadoreño del Seguro Social lanzó el proyecto piloto en esa institución, y otros grandes de la época, para dar seguridad social a maquinistas y otros trabajadores de la empresa. También el IRCA acogió el primer sindicato salvadoreño.
Villeda recordó, al caminar por un tramo de los 550 kilómetros de líneas férreas que existen en el país, que durante la época de corta de café, él llegaba a transportar hasta 700 toneladas del grano cada día, desde San Miguel y Usulután hasta San Salvador.
De igual manera, dijo que cuando viajaba hacia el Distrito 2, en la zona de Santa Ana, su locomotora era cargada con 198 vagones que transportaba cemento. “Si queremos medir la longitud del tren, digamos que comenzaba desde aquí (Fenadesal) y llegaba hasta donde se encontraba la empresa Unilever, en Soyapango.”
A la luz del atardecer de ese día, el maquinista siguió recorriendo las viejas vías del tren mientras el resplandor del sol se reflejaba en las desgastadas ventanas de los antiguos vagones que alguna vez transportaron personas o mercadería.

Foto EDH / Jessica Orellana
Lo mitos del ferrocarril
Cuando se le preguntó al maquinista sobre los mitos relacionados con el ferrocarril, una pequeña sonrisa invadió su rostro, comenzó a hablar sobre un ente que se manifiesta en forma de personal de mantenimiento en las instalaciones de Fenadesal.
“Un compañero que trabaja en la oficina de CEPA central vino a jugar a la cancha. En esa ocasión eran las 8 de la noche y, cuando se iba, recordó que había dejado los tacos en la cancha y cuando se dirigía al lugar vio a un señor con una escoba que vestía un traje beige. Lo que le llamó la atención es que era pálido y comenzó a ultrajarlo. Sintió las malas vibras y salió corriendo… Desde esa vez no volvió a jugar”, relató.
Otro de los mitos que ha escuchado, a través de relatos de otros empleados del museo, es sobre una niña de cabellos rubios cerca del área de la imprenta. “Ella entra a la imprenta y cuando van a buscarla ya no se encuentra en el lugar”, contó el maquinista.
También recordó el mito de los lamentos de una persona que se escuchan en los baños del archivo. Los compañeros de Villeda se dieron cuenta que era algo desconocido el día que una persona decidió abrir la puerta del baño mientras se escuchaban los lamentos y no había nada adentro.
