Trascendencia

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Foto EDH/Cortesía

Por Luis Enrique Contreras Reyes

2019-08-03 8:20:48

Nuestra época es un vaivén de momentos que compartimos con personas desconocidas, conocidos, amigos y familiares, una armonía en la convivencia humana es imprescindible para edificar sociedades robustas que no claudiquen fácilmente ante las limitaciones y fragilidades humanas.

Sin embargo, una deshumanización de la que hablaba en mi columna pasada se ha enquistado en el mundo, mermando paulatinamente características indispensables para el desarrollo humano. Nuestra civilización contemporánea tergiversa la dignidad de la persona. Dignidad es la cualidad de digno que una cosa o persona posee; digno es aquel merecedor de lo que le es proporcionado a su mérito o condición. En este sentido, la dignidad humana señala la característica inherente al hombre de ser acreedor de todo aquello que le corresponde por ser hombre. Es decir, que para responder a la interrogante sobre la dignidad del hombre deberemos preguntarnos acerca de su naturaleza esencial.

El objetivismo antropológico nos indica que el hombre se debate en una tensión que consiste en vivir conforme a su naturaleza, entendida como algo dado, objetivo, que debe reconocer y respetar, el hombre busca humanizar al mundo y a sí mismo, mediante la creación de una cultura respetuosa de las leyes de la naturaleza de las cosas y de sí mismo; esta posición se sustenta en un realismo objetivo metafísico y antropológico.

Sin embargo, un relativismo subjetivo, que perniciosamente modifica la realidad y la naturaleza de las cosas por conveniencia económica y política ha contaminado de forma abyecta a nuestra época. El planteamiento de esta siniestra ideología relativista pretende que su humanización es la tarea del hombre de crear la misma condición humana e imponer su poder en las cosas a través de la cultura; se trata de un subjetivismo que conlleva la negación de toda metafísica realista-objetiva. En los últimos siglos ha prevalecido la posición subjetivista y en el presente sigue expandiéndose y debemos destacar algunos de sus aspectos y sus negativas consecuencias.

Un grave daño es la cosificación del hombre, donde se vuelve un instrumento, un simple artefacto; Es la reducción de la condición humana a mera cosa lo cual se manifiesta de distintas maneras: la explotación del hombre con fines económicos, la exclusión, la dominación política, el racismo, etc. Inherente a esta cosificación es una cultura en donde lenguaje, arte, política, economía, y demás expresiones del quehacer cultural del hombre, se convierten en estrategias de dominación con fines egoístas y perversos.

Es aquí donde se empieza a implantar un utilitarismo en la vida humana donde el aborto y la eutanasia se ven como derechos. Se busca descartar aquella vida humana que no brindará beneficios económicos y que solamente vendrá a traernos “supuestos problemas”. Y de forma infame se formulan políticas que terminan en leyes criminales validando estos asesinatos. La finitud de la vida humana la hemos disminuido aún más.

Ya no existe una visión de trascendencia en la vida del hombre, el ocaso del humanismo contemporáneo frente a la sociedad de la información y una constante automatización de las masas debido a la difusión de nuevos medios de desinhibición y manipulación. Al no brindarle la importancia primordial a la vida humana se pierde la brújula del sendero hacia donde encauzar acciones de bienestar en los conglomerados sociales; y es aquí donde la corrupción política, estafas millonarias, asesinatos, violaciones, pedofilia, etc. aumentan considerablemente.

Los valores culturales de una cosmovisión realista-objetiva deben retomarse, el hombre posee una naturaleza dada, que debe reconocer, respetar y realizar; somos seres dotados de inteligencia, voluntad y seres libres. En razón de nuestra inteligencia estamos llamados a conocer la verdad y en razón de nuestra voluntad estamos llamados a amar el bien.

Analista Político @LuisSaxum