La historia de cuatro soldados secuestrados por la MS que nadie busca

El Estado abandonó a las familias de los militares que fueron torturados y vapuleados por un grupo de 40 pandilleros el 10 de octubre de 2016. Hasta la fecha, nadie los busca.

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Por Óscar Iraheta

2017-10-09 7:32:59

La pobreza que somete a la familia Turbín Gómez es enorme. Los niños tienen sus zapatos rotos y ropa remendada, Don Juan no pudo tener un trabajo mejor porque cuidó de la milpa y el proyecto de la construcción de una casa de vara y lodo se detuvo. Está abandonada.

La familia ha perdido el principal apoyo económico que le permitía sobrevivir un poco en una realidad acentuada por la pobreza en la cima de una montaña en el municipio de Tacuba, en Ahuachapán.

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Se trata del soldado Saúl Humberto Turbín Gómez, de 24 años, quien junto a sus compañeros militares Leonidas Enrique Morales Morán, de 22 años; Nelson Omar Díaz López, de 22, y Wilfredo Pérez López, de 26, fueron desaparecidos por pandilleros de la Mara Salvatrucha el lunes 10 de octubre de 2016, en la colonia Vista al Lago, en Ilopango, un bastión de la clica NOWLS de la MS.

 

La realidad de la familia Turbín Gómez es similar a la de los otros tres soldados. Aunque algunas más graves que las otras.
Por ejemplo, la esposa de Nelson Omar Díaz enfermó. La ausencia del soldado la dejó con graves problemas mentales. Además quedó sola con su hijo que procreó con el militar. Viven en una zona montañosa en Ahuachapán, olvidados por la Fuerza Armada, por el Estado.

Juana Gómez tiene las manos marcadas por el trabajo, están sucias, recién llega de trabajar la tierra. Es la madre de Saúl Humberto. La señora siente como si fue ayer la desaparición de su hijo y no hace un año.

 

 

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“Todos los días lo he recordado. Pasa el tiempo y me pregunto dónde lo tendrán, qué hicieron con mi hijo, eso me está matando de tristeza. Mi angustia es grande pero todo se lo dejo a Dios para que se haga su voluntad. Tengo la fe que un día me lo van a entregar. Mi hijo era siervo de Dios y en la iglesia lo extrañan cuando tocaba la guitarra”, dice la señora, al tiempo que contempla los lentes oscuros que dejó su hijo en una polvorienta bolsa de plástico.

Juana esta consiente cuál es el destino que tienen todas las personas que son desparecidas en el país por las pandillas, por eso afirma que dentro de todo el sufrimiento, se consuela con que le entreguen los restos de su hijo para enterrarlos y saber dónde quedará para siempre.

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“Él no es cualquier basura, tiene que quedar donde le corresponde, en un cementerio. No es un perro, es un ser humano que le servía a la patria y al país”, reclama la señora.

Las cuatro familias no han recibido hasta hoy ni un dólar de parte de la Fuerza Armada en doce meses. Juana asegura que al intentar tramitar la indemnización por parte del Estado, le dijeron que debe esperar cuatro años para iniciar el proceso. Fue una pérdida de tiempo, remata.

 

La ruta de los soldados desaparecidos

 

El fatídico día
Aquel día, los cuatro militares se tenían que presentar a las instalaciones de la Fuerza Aérea a participar de un curso de Rescate y extinción de incendios. Sin embargo, abordaron una ruta de microbús equivocada y fueron a parar a la parte baja de la zona, donde los esperaban al menos 40 pandilleros.

Los pandilleros sometieron a las víctimas y los llevaron a la zona de la cancha de fútbol donde los golpearon y torturaron sin piedad, según expresaron vecinos. Aparentemente, los soldados trataron de defenderse pero no pudieron hacer mucho: eran aproximadamente diez contra uno.

Hay gente que vio cuando el grupo de mareros torturaba a los cuatro militares. Algunos creyeron que se trataba de pandilleros rivales, algo que sucede muy a menudo.

Todos eran campesinos, hijos de familias muy pobres, originarios de zonas rurales del departamento de Ahuachapán y Sonsonate: Tacuba, Turín, El Refugio y San Antonio del Monte.

Dos estaban en la Segunda Brigada de Infantería, uno en la Brigada de Artillería y otro en el Centro de Entrenamiento de Operaciones de Paz (Ceopaz), cuyas instalaciones están en el mismo recinto que el Comando de Ingenieros de la Fuerza Armada (Cifa), en San Juan Opico.

Esa fue la última vez que los vieron con vida. Luego desaparecieron sin dejar rastro y hasta hoy nadie los busca, según fuentes policiales. Encima de esa triste noticia, las autoridades de la Fuerza Armada los declaró desertores, pero meses después, informó de una falsa alarma de su hallazgo, algo que generó molestia a las familias.